20:54 h. Miércoles, 20 de Septiembre de 2017

Tarifaaldia

Los higos chumbos de mi vecino Aurelio

Es el mes de agosto, y las tunas o chumberas, como las conocemos aquí, empiezan a dar sus frutos, y a mí se me hace la boca agua, tanta como la que tiene este fruto, nada más verlos maduros y listos para comer.

Lidia Chico  |  16 de Agosto de 2017 (08:32 h.)
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"A las siete de la mañana, nos vemos mañana en la huerta” me dice mi vecino. “¡Siete de la mañana!, Aurelio, por favor, eso es muy temprano” le digo yo. “Eso es casi tarde” me dice él.

Es el mes de agosto, y las tunas o chumberas, como las conocemos aquí, empiezan a dar sus frutos, y a mí se me hace la boca agua, tanta como la que tiene este fruto, nada más verlos maduros y listos para comer.

Cuando yo era apenas una niña, con cinco o seis años, vivía en un precioso molino harinero, llamado el molino del Trampal, cerca del Santuario de Luz, y acompañaba a mi tío abuelo Antonio a su huerto a coger higos chumbos. Muy temprano, si, antes de la ocho de la mañana. Él iba delante mía, por una vereda, que corría, paralela a la atarjea del molino, que es el canal que lo alimenta.                                  

Íbamos acompañados del rumor apacible del agua, que hacía posible el milagro de la molienda. Mi tío abuelo era cojo. Nunca hablamos de eso, pero Antonio Chico Delgado, a pesar de su cojera, era un hombre feliz, resignado a no poder andar normal como los demás. Le hacía grande, entre otras cosas, su tremendo sentido del humor, ya que a veces se ponía a bailar y a decir “Mira cojo y todo, mira como bailo”.

Con un canasto hecho de palma y la chumbera, ambas cosas hechas por él, andábamos en silencio los dos hasta llegar al huerto. La chumbera, era una caña larga abierta por arriba, cortada en cuatro y con una piedra metida dentro, atada con una cuerda para que no se siguiera rajando.

Yo me sentaba en el suelo a observarlo y él me iba diciendo. “Lili, -él y su mujer, mi tía Curra, me llamaban así cuando yo era pequeña-  hay que ponerse a barlovento, para que no te lleguen la púas, cuando cojamos de las tunas los higos”. “Pero hoy como ves, no hace apenas aire, por eso hay que venir tan temprano, para que cuando el levante se despierte y sople, ya estemos nosotros en casa comiéndonos los higos y no cogiéndolos”.

Volvíamos a casa, y en el patio nos esperaba la tía Curra, una mujer adorable, muy alta y con unos preciosos ojos grises que hoy presumen de haber heredado algunas de sus hijas y nietas. La recuerdo casi siempre vestida de negro y con un pañuelo negro en la cabeza atado a su barbilla. Poníamos los chumbos sobre el suelo y con una escoba hecha de palma, los barríamos para que fuesen soltando las pequeñas púas que los  envuelven. Después les añadíamos agua.

Al rato sentada con mi tía en unos taburetes de corcho, hechos también por el tío Antonio, en el patio, a la sombra de la  espectacular parra que nos protegía del sol, mi tía me enseñó a pelar los higos chumbos. “Tienes que coger una navaja que corte muy bien, pero has de tener mucho cuidado para no cortarte. Coges el higo con tus deditos, el pulgar, y el índice y el medio te ayudaran a sostenerlo. Después cortas la carita y el culito del higo- refiriéndose a los extremos del higo, le haces una raya con la navaja en la barriguita, y con la punta de la navaja levantas la piel donde has hecho el corte y metiendo tus otros deditos, lo sacas y…. a la boca”.

Yo observaba como ella lo hacía y así lo aprendí. Mientras quitábamos la piel al higo, jugábamos a adivinar de qué color saldrían los higos chumbos. Y es que los hay amarillos, rojos, y verdes, dependiendo del tipo de tuna. En esta zona hay dos tipos. Parece que los frutos de color verdes son más dulces. Las pieles de los higos eran alimento para los cerdos o las gallinas que había en casa y que más tarde mi tía y yo arrojábamos al campo, donde estaban encerrados, para el deleite de estos animales. Ahora una plaga, al parecer de la denominada cochinilla del carmín está atacando duramente a las tunas, en especial y al parecer, a la que da este fruto más dulce.

Esta mañana, después de muchos años y con mi vecino Aurelio, en el valle de Guadalmesí, famoso por sus huertas  ricas en frutas y verduras, me dispongo a hacer lo que aprendí hace tantos años. Y como una no deja de aprender, mi vecino, me cuenta que antiguamente se hacían unas escaleras, que se fabricaban con las pitas (los troncos de las flores de las pitas) o agave, que dan unos tallos de unos ocho o diez metros de largo y una anchura superior a los diez centímetros de diámetro y que son muy ligeros y resistentes. Estas escaleras servían para subir a coger los higos chumbos, que estaban más altos, sin hacerles daño a las tunas. En el huerto del tío Antonio no hacían falta escaleras porque las tunas estaban más accesibles y la chumbera era muy larga. El ingenio de la gente del campo que aprovechaban lo mucho o poco que tenían alrededor para subsistir.

Le cuento a Aurelio  que si sabe todas las propiedades del higo chumbo: vitamina C, calcio, magnesio, buenos para regular el colesterol, que ayuda a evitar enfermedades cardiovasculares, que regula los niveles de azúcar y que hasta elimina la acidez, que alivia las quemaduras y picaduras…. entre otras. “Pues no conocía yo tantas, dice Aurelio sonriendo”.

Entonces se para y me habla de su huerta, con absoluta admiración: “Es que aquí crece todo, muy rápido- me dice. Fíjate este nogal, lo sembré al llegar aquí hace veinte años y mira como ha crecido, y mira cómo están los tomates, los pimientos y las berenjenas! Ah y no olvides coger verdolaga, que está buenísima. La cueces un poco y la rehogas con ajos. ¡Anda que no ha quitado hambre la verdolaga, la borraja y los higos chumbos!. Era lo que había, Lidia, y era lo que se comía”.

“Por cierto, le digo yo; no podemos tomar muchos higos, que si no, nos puede dar un estreñimiento fuerte. Mi padre me decía que si comíamos muchos y no podía ir al baño, debías ir a mojarte el culo al mar.” Aurelio sonríe y me dice:” Yo creo que no,    antes como te contaba, no había mucho para comer, entonces se hartaba la gente de higos, pero ahora ya no pasa nada de eso, yo me puedo comer hasta cincuenta al día”.

Empieza a salir el sol.“ Ya está aquí este, dice Aurelio. Vámonos antes que apriete la calor”. Y nos vamos camino a su casa con sendos canastos llenos de higos chumbos. Nos encontramos en su patio a Mercedes, su mujer, que le pregunta: “Aurelio, ¿dónde habré dejado yo los chicharrones que íbamos a tomar en el desayuno?”

Aurelio me despide en su puerta y en voz baja me dice: “ Puñetera enfermedad, cómo le cuesta, a la pobre, recordar cada cosa que hace…mujer más buena que esta, Lidia, nunca hubiera encontrado”. Y yo cojo mi canasto, y la tristeza que me acaba de invadir, y le agradezco infinitamente a Aurelio el regalo. Y llego a mi casa, con el levante suave soplando en mi espalda y miro los higos, que ahora empiezo a  pelar y ya no puedo parar de llorar porque me acuerdo del tío Antonio y de la tía Curra y de mi padre y de mi madre, y de que ya no están ninguno de ellos, y del molino, y de la atarjea, y del agua y de la parra y de las gallinas y de mi pobre vecina Mercedes, y del tiempo…. que ya se ha quedado atrás, que es el alma de este mundo, como dijo un filósofo.